Mientras los indicadores de pobreza en Argentina coquetean con el 50%, la expansión de marcas que venden ‘estilo de vida saludable’ revela una fractura que el marketing no puede ocultar.
Hace unos días, el portal Agroempresario.com destacaba la historia de The Healthy Club, un emprendimiento que nació en una cocina familiar y hoy busca proyectarse regionalmente desde Argentina. Es la narrativa clásica del éxito: esfuerzo, escalabilidad y un producto alineado con las tendencias globales. Sin embargo, leer sobre la expansión de snacks premium y viandas equilibradas en un país donde llegar a fin de mes es un deporte de riesgo genera un ruido difícil de ignorar. No es envidia al éxito ajeno; es una pregunta sobre la viabilidad de un mercado que parece vivir en un código postal distinto al de sus clientes potenciales.
El problema no es que existan ensaladas de autor o barritas de cereal sin gluten. El problema es la desconexión. En Chile, vemos un fenómeno similar en sectores de Providencia o Vitacura, donde el ‘wellbeing’ es una industria vibrante, mientras que en las ferias libres el precio del tomate dicta la dieta de la mayoría. Vender salud hoy en el Cono Sur no es solo un acto comercial; es, en muchos casos, un ejercicio de ilusionismo que ignora que la verdadera urgencia nutricional no se resuelve con un packaging minimalista, sino con acceso a proteínas básicas.
En El Canil entendemos que el emprendedor busca el nicho donde hay margen, y el margen hoy está en quienes todavía pueden pagar por el valor agregado. Es lógico: nadie monta un negocio para perder plata. El argumento a favor de estas empresas es que generan empleo, profesionalizan la cadena de suministro y ofrecen alternativas reales a la comida ultraprocesada que enferma a la población más vulnerable. Es una labor válida y necesaria.
Pero ese argumento se queda corto cuando la brecha se ensancha. Si el ‘bienestar’ se convierte en un producto de lujo, deja de ser un avance social para transformarse en una marca de casta. Cuando el éxito de un modelo de negocio depende de ignorar la realidad del bolsillo del 80% de la población, no estamos ante una revolución alimentaria, sino ante una boutique de nicho que se siente cómoda en su burbuja. La pregunta que queda flotando en la góndola no es si el producto es rico o sano, sino cuánto tiempo puede sostenerse un negocio de bienestar en una región que, mayoritariamente, solo está intentando sobrevivir.

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