El balance de Corfo sobre su estrategia de género 2022-2025 no busca medir el éxito de mercado de las empresas lideradas por mujeres, sino validar una agenda política que confunde participación con competitividad.
Hace unos días, Corfo presentó los resultados de su programa “Ellas Transforman”. Los números, en frío, son envidiables para cualquier burócrata: se habla de paridad en la adjudicación de ciertos fondos y de un aumento sostenido en la presencia femenina en programas de innovación. Sin embargo, cuando se baja de la planilla de Excel a la calle, la pregunta es otra: ¿estamos creando empresas que le ganen a la competencia o estamos financiando una foto grupal para el cierre de gestión?
El problema de usar el dinero público para forzar la equidad es que se corre el riesgo de crear un mercado de laboratorio. En Chile, levantar una empresa y mantenerla viva más allá del tercer año es una pelea de perros. Si el criterio para asignar recursos prioriza el género sobre la viabilidad del modelo de negocio o la tracción real, lo que se está construyendo no es una base empresarial sólida, sino una burbuja de emprendimiento subsidiado que se desinfla apenas se corta el flujo estatal.
Es cierto que la cancha está inclinada. Negarlo es no entender cómo funcionan los círculos de capital en Santiago o por qué a una fundadora le cuesta más sentarse con un banco que a su par hombre. Existe un sesgo real y las redes de contacto suelen ser clubes cerrados de exalumnos. En ese sentido, que el Estado actúe como un rompehielos para abrir esas puertas tiene una lógica atendible: permite que talento que antes era ignorado entre finalmente al juego.
Pero el avance real no se mide en cuántas mujeres firmaron el convenio de la subvención, sino en cuántas de esas empresas están facturando, exportando o levantando capital privado sin la muleta del gobierno de turno. Como analizamos frecuentemente en El Canil, el poder económico no se hereda por decreto ni se sostiene con buenas intenciones. Si la estrategia de Corfo se queda en el cumplimiento de la cuota para el informe anual, le está haciendo un flaco favor a las propias emprendedoras, tratándolas como un indicador de gestión y no como actores económicos de alto impacto.
Al final del día, el riesgo es que el liderazgo femenino termine siendo otro ítem de marketing estatal. Si el éxito se define por cuántas entraron al sistema y no por cuántas sobrevivieron a él por mérito propio, la equidad será solo un maquillaje caro pagado por todos.

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