Fotografía ilustrativa por Marissa Daeger en Unsplash

Publicidad en la retina: el fin del último rincón privado

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La promesa de las gafas inteligentes con IA no es hacernos más productivos, sino convertir el nervio óptico en el inventario publicitario más caro del mercado.

Un reporte reciente de Merca2.0 detalla cómo el avance de la inteligencia artificial y los dispositivos de realidad aumentada están pavimentando el camino para que el marketing deje de estar en una pantalla sobre el escritorio y pase a estar incrustado en nuestra visión periférica. Ya no se trata de interrumpir lo que estás viendo; se trata de que el anuncio sea parte de lo que estás viendo.

La tesis es simple y brutal: estamos pasando de una economía de la atención a una economía de la ocupación biológica. Si hoy nos molesta que una aplicación de delivery en Santiago nos mande tres notificaciones al día con descuentos que no pedimos, la integración de anuncios en hardware que llevamos puesto en la cara elimina cualquier posibilidad de ignorar el mensaje. No hay cómo mirar hacia otro lado cuando el anuncio se mueve con tus ojos.

En el contexto de Chile y Latinoamérica, donde el consumo masivo y el retail pelean por cada centímetro de visibilidad, esto no va a ser una sutileza tecnológica. Imagina caminar por el Paseo Ahumada o por la Avenida Reforma y que, gracias al reconocimiento de objetos por IA, tus gafas proyecten un cupón de descuento justo encima de la vitrina que te detuviste a mirar por dos segundos. Las agencias locales, que hoy sufren por los bloqueadores de anuncios en navegadores, verán en esto el santo grial: la imposibilidad física del usuario de hacer skip.

Hay un argumento atendible desde el lado de las marcas: la relevancia. Dicen que si el anuncio es útil y aparece justo cuando lo necesitas —como la ubicación de un repuesto para el auto cuando te quedas en pana—, deja de ser basura publicitaria para convertirse en un servicio. Es una lógica de eficiencia pura que busca eliminar la fricción entre el deseo y la compra. En un mundo ideal, la tecnología nos ahorraría tiempo de búsqueda.

Pero esa eficiencia tiene un costo que no aparece en el balance financiero. Al entregar nuestra visión a un algoritmo publicitario, perdemos la capacidad de habitar el espacio público sin ser procesados como datos. En El Canil entendemos que el poder no siempre se ejerce con decretos, sino con la gestión de lo que nos está permitido ignorar.

Si el último refugio de la privacidad era el espacio entre lo que vemos y lo que pensamos, las gafas inteligentes vienen a demoler esa frontera. El problema no es que nos vendan cosas; el problema es que pronto no podremos distinguir entre un deseo propio y una sugerencia proyectada directamente en nuestra retina. La pregunta que queda no es si compraremos el producto, sino qué pasará con nuestra cabeza cuando ya no exista un lugar en el mundo donde no nos estén vendiendo algo.


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