Mientras las universidades venden experiencias de cinco años y deudas de veinte, el mercado real está premiando a quienes saben apretar las tuercas correctas en tres.
Un reporte reciente de Infobae en Perú puso números sobre una mesa que muchos prefieren ignorar: un técnico puede ganar hasta 8.000 soles y recuperar su inversión en apenas tres años. En Chile, la escena no es distinta. Mientras miles de profesionales recién titulados de carreras humanistas o administrativas saturan portales de empleo por el sueldo mínimo, un soldador calificado en el norte o un técnico en mantenimiento industrial tiene la agenda llena y el bolsillo holgado.
Sostengo que el título universitario, tal como lo entendimos el siglo pasado, se ha convertido en un objeto de lujo con baja rentabilidad. Hemos inflado la expectativa de que pasar un lustro en un aula garantiza un estatus económico que la planilla de Excel de las empresas ya no está dispuesta a pagar. El mercado no busca cartones con timbres dorados; busca gente que resuelva problemas específicos ayer.
En las columnas de El Canil solemos diseccionar cómo el poder se desplaza, y hoy el poder está en la ejecución. En Santiago o Lima, la sobredemanda de títulos genéricos ha convertido a los licenciados en una mercancía barata. Si lanzas una piedra en Providencia, le pegas a tres ingenieros comerciales; pero trata de encontrar un técnico en refrigeración o un especialista en ciberseguridad que no tenga ya tres ofertas sobre la mesa. El primero sale de la universidad con una deuda que le muerde los talones; el segundo, a los 22 años, ya está ahorrando para su primer departamento.
El argumento de defensa suele ser el de la «formación integral». Se dice que la universidad entrega un criterio y una red de contactos que el instituto técnico no ofrece. Es una verdad a medias. El criterio no paga las cuotas del crédito estatal si tu campo laboral está copado. La red de contactos, por otro lado, sirve de poco si lo que el cliente necesita es que el servidor deje de caerse o que la planta minera no se detenga. El prestigio social de decir «mi hijo es abogado» es hoy un impuesto que muchas familias pagan a cambio de ver a ese mismo hijo trabajando en un call center.
La pregunta no es cuánto dura la carrera, sino qué tan rápido el mercado te devuelve lo que pusiste. Si un título en la pared te toma seis años de vida y te deja un saldo en rojo que arrastrarás hasta los cuarenta, quizás no compraste una carrera, sino un adorno muy caro.

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