Vender el archivo para salvar el trimestre es la receta clásica del naufragio: Prisa le entrega sus letras a Meta y, de paso, nos condena a vivir en un loop de contenido sintético.
La noticia parece un comunicado de prensa sobre modernización, pero huele a liquidación por cierre. Prisa, el gigante detrás de El País y la SER, ha decidido alimentar al asistente de inteligencia artificial de Meta con sus contenidos. No es una alianza estratégica; es la entrega de las llaves de la bodega a quien ya controla la calle. En Chile y el resto de Latinoamérica, donde El País se ha posicionado como el puerto seguro de la información analítica frente al ruido de los portales locales de clics rápidos, este movimiento cambia la naturaleza de lo que leemos.
El problema no es que la tecnología avance, sino quién se queda con el valor de la palabra. Zuckerberg necesita datos limpios para que Llama deje de inventar alucinaciones y empiece a sonar como un editor de Madrid o Santiago. Prisa, asfixiada por un modelo de publicidad que las mismas plataformas destruyeron, acepta el cheque. El resultado es que el periodismo deja de ser un servicio para el lector y pasa a ser «comida para bots». Pronto, cuando le preguntes a Meta AI sobre la crisis política en la región, te responderá con el tono y los datos de un reportero que Prisa ya no podrá pagar, porque el tráfico se habrá quedado dentro del ecosistema de WhatsApp o Instagram.
En El Canil entendemos que el poder no se ejerce solo con decretos, sino con la propiedad de la narrativa. Si los medios de referencia renuncian a su exclusividad para convertirse en proveedores de materia prima, pierden su razón de existir. Es como si una panadería le vendiera su receta y su masa madre al supermercado de enfrente para que este venda el pan más barato y los termine sacando del barrio. Lo que hoy es una inyección de capital, mañana será la irrelevancia absoluta del enlace externo.
Hay un argumento atendible desde la gerencia: el mercado de medios está roto. Sin estos acuerdos, muchas redacciones simplemente tendrían que apagar la luz. Es mejor cobrar algo por el entrenamiento de la IA que dejar que se lo roben gratis mediante ‘scraping’. Es una lógica de supervivencia inmediata, casi de guerra. Sin embargo, esta rendición ignora que el valor de una marca periodística reside en que el lector vaya a buscarla, no en que sus datos terminen diluidos en un chat que no cita fuentes y que prioriza la retención del usuario sobre la veracidad.
Al final, nos queda un paisaje informativo donde la distinción entre un hecho verificado y un párrafo generado por probabilidad estadística se vuelve invisible. Estamos alimentando a una bestia que no tiene interés en la fiscalización del poder ni en el rigor de la pauta. Cuando el último periodista cierre la puerta, la IA seguirá escribiendo, pero ya no tendrá nada nuevo que decir, solo repetirá ecos de un archivo que le vendieron barato una tarde de desesperación financiera.

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