Fotografía ilustrativa por Marija Zaric en Unsplash

La IA que susurra comerciales: El fin de la tregua en Gemini

por

en

Google ya no disimula: Gemini dejará de ser un asistente para convertirse en una vitrina. El cambio no es solo técnico, es el fin de la neutralidad en la respuesta.

Hace apenas unos meses, la inteligencia artificial parecía el último refugio de la utilidad pura. Uno preguntaba y obtenía un dato, un código o un resumen sin que un banner de una Isapre o una oferta de zapatillas interrumpiera la lectura. Pero la fiesta gratis en Mountain View se está terminando. Según reporta PuroMarketing, Google ya está integrando publicidad en Gemini tras alcanzar cifras récord de usuarios. Lo que nos vendieron como un oráculo, pronto será un promotor de mall con esteroides.

La tesis es simple: no existe tal cosa como una tecnología nueva si el modelo de negocio es el de 1998. Google no sabe ser otra cosa que una agencia de publicidad que, de paso, hace software. El problema no es que quieran ganar plata —nadie mantiene granjas de servidores por caridad— sino que la naturaleza de la IA hace que el anuncio sea indistinguible de la verdad. En el buscador tradicional, el anuncio estaba arriba, separado por una etiqueta. En Gemini, la publicidad corre el riesgo de ser la respuesta misma.

Bajemos esto a la calle. Si en una oficina en Providencia un analista le pregunta a Gemini cuál es el mejor software de gestión para su pyme, la respuesta ya no dependerá solo del rendimiento del programa. Dependerá de quién pagó el posicionamiento esa mañana. En Chile y el resto de la región, donde el presupuesto de marketing digital se lo comen dos o tres gigantes, esto solo profundiza el muro para quien no tiene la billetera de una corporación. Como analizamos frecuentemente en El Canil, la tecnología en Latam suele llegar como una promesa de eficiencia, pero termina operando como un peaje.

El argumento a favor de Google es atendible: el cómputo de estos modelos es obscenamente caro y alguien tiene que pagar la cuenta. Si el usuario no quiere suscripciones de 20 dólares al mes, el anuncio es el mal menor. Es una lógica de mercado impecable. Sin embargo, esa lógica ignora el contrato implícito de la IA: confiamos en ella porque se supone que procesa información, no porque nos esté vendiendo un seguro de vida a mitad de una consulta médica. Si el criterio está condicionado por una subasta en tiempo real, lo que tenemos no es inteligencia, es un catálogo que habla.

La era de la IA limpia fue un espejismo necesario para capturar usuarios. Ahora que Gemini tiene la masa crítica, Google activa la caja registradora. La pregunta que queda no es cuántos anuncios veremos, sino cuánto tardaremos en darnos cuenta de que la respuesta que recibimos no es la mejor, sino la que mejor pagó por aparecer en nuestra pantalla.


Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *