Chile vive en un eterno estado de potencial, una suerte de sala de espera donde los recursos naturales y el talento académico aguardan un turno que nunca llega.
La Ministra de Ciencia, Ximena Lincolao, declaró recientemente en una entrevista con Chócale que el país tiene las piezas necesarias para competir a nivel global, pero que falta empujar la internacionalización. Es una frase que suena bien en un panel de expertos, pero que en la calle del mercado real sabe a poco. Llevamos décadas escuchando que Chile es un laboratorio natural, que el hidrógeno verde nos salvará o que la biotecnología local está a un paso de la gloria. El problema es que el inventario de intenciones no paga las cuentas de una startup ni sostiene una industria.
El diagnóstico de la autoridad es correcto en la superficie, pero omite la fricción de fondo. Internacionalizar la ciencia no es un trámite administrativo ni un viaje de una delegación a una feria en San Francisco. Es, ante todo, un choque térmico. Mientras en los laboratorios de las universidades chilenas se celebra la adjudicación de un fondo estatal, en el mundo real se celebra la primera venta o la validación de un cliente que no tiene vínculos afectivos con el proyecto. Esa distancia entre el ‘paper’ y el producto es lo que mantiene a nuestra ciencia atrapada en la aduana.
En espacios de análisis como El Canil, se observa que la barrera no es solo presupuestaria. Un científico local puede pasar años perfeccionando una solución para el tratamiento de aguas en la minería, pero si no sabe cómo sentarse a negociar con un gerente de operaciones que solo busca eficiencia de corto plazo, su innovación morirá en un estante. La ciencia chilena suele diseñarse para ganar concursos públicos, no para sobrevivir a la competencia feroz de mercados donde a nadie le importa si vienes del fin del mundo.
Hay un argumento atendible desde el sector público: el Estado ha hecho su parte creando agencias, ministerios y programas de transferencia tecnológica. Es cierto que hoy hay más puentes que hace diez años. Sin embargo, esos puentes suelen ser de una sola vía. El subsidio estatal, si bien necesario en etapas tempranas, a menudo actúa como una zona de confort que anestesia la urgencia de salir a buscar capital privado o validación comercial externa. Si el incentivo sigue siendo la publicación académica y no la patente explotada, seguiremos teniendo ‘todo’ para competir, pero sin entrar nunca a la cancha.
Exportar ciencia requiere aceptar que el mercado global es un filtro brutal que no entiende de buenas intenciones ni de potencialidades geográficas. Mientras sigamos celebrando el hecho de tener las piezas del rompecabezas sin siquiera haber abierto la caja, la internacionalización seguirá siendo un titular de prensa y no una realidad en la balanza comercial. La pregunta no es si tenemos todo para competir, sino si estamos dispuestos a dejar de ser los campeones del potencial para convertirnos en los novatos de la ejecución real.

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