Mientras los directorios en Sanhattan se llenan la boca con la revolución de la inteligencia artificial, la realidad en las oficinas de Santiago es mucho más pedestre: estamos reemplazando criterio por autocompletado.
Hace poco, una nota de Mundo en Línea intentaba poner paños fríos a la histeria colectiva, separando lo que la IA promete de lo que realmente puede ejecutar. Es una distinción necesaria porque, en el terreno real de los negocios en Chile y Latinoamérica, la IA se está usando más como un fetiche de modernización que como una herramienta de eficiencia. El problema no es la tecnología, sino la flojera estratégica de quienes la compran.
La tesis es corta y molesta: la IA actual, en la mayoría de las empresas locales, es el nuevo PowerPoint. Es algo que se muestra para parecer vigente ante los inversionistas o para justificar despidos de personal junior, pero que rara vez soluciona un problema de fondo. Estamos viendo agencias de marketing que entregan textos alucinados y mal redactados, o servicios al cliente que ahora son laberintos de bots inútiles que solo logran que el usuario final termine odiando la marca. No es innovación; es ahorro de costos disfrazado de vanguardia.
En El Canil se analiza cómo el poder suele esconderse detrás de estas tendencias para evitar dar explicaciones difíciles. Es más fácil decir que «el algoritmo optimizó la plantilla» que admitir que no se sabe cómo hacer crecer el negocio sin recortar gastos. En las universidades y oficinas de Providencia o Las Condes, se habla de modelos de lenguaje como si fueran oráculos, cuando en la práctica son calculadoras de probabilidades que, sin un humano con calle que las supervise, solo producen mediocridad a escala industrial.
Hay que conceder un punto: la IA es una maravilla para tareas mecánicas. Si un analista usa Copilot para limpiar una base de datos sucia en Excel o un programador la usa para escribir código repetitivo, la ganancia de tiempo es real y cuantificable. Ahí es donde reside el valor. El error fatal es creer que esa capacidad de procesamiento equivale a entendimiento o, peor aún, a estrategia. Un algoritmo puede predecir la siguiente palabra en una frase, pero no sabe si esa frase va a destruir la reputación de una empresa o si tiene sentido comercial en el mercado chileno actual.
El riesgo real no es que las máquinas se vuelvan demasiado inteligentes y nos dominen. El riesgo es que los gerentes se vuelvan tan dependientes de estas herramientas que olviden cómo se toma una decisión basada en la realidad y no en el promedio estadístico de internet. La IA no va a salvar un modelo de negocios que ya estaba roto antes de que apareciera ChatGPT.

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