Mientras Sevilla despliega la alfombra roja para el Al Andalus Innovation Venture, queda la duda de si estamos ante una fábrica de negocios o ante un decorado financiado por el contribuyente para que los mismos de siempre se sientan importantes.
La noticia en Diario Siglo XXI presenta cifras que marean: 400 startups, 170 inversores y un despliegue de instituciones públicas que va desde la Junta de Andalucía hasta el Ayuntamiento de Sevilla. Se habla de impacto, de transformación y de futuro. Pero bajo el barniz de la innovación, suele esconderse una industria que vive de organizar eventos sobre emprender, más que de emprender realmente. Es el negocio de la periferia: consultores, agencias de comunicación y gestores de fondos públicos que necesitan justificar presupuestos antes de que termine el año fiscal.
En Chile conocemos bien esta dinámica. Lo hemos visto con las ferias financiadas por Corfo o los encuentros regionales donde el catering es mejor que los modelos de negocio presentados. El problema no es que el Estado apoye la innovación; el problema es que el éxito se mida en asistentes y no en contratos reales o patentes. Cuando el objetivo de un fundador es ganar un concurso de pitch en un congreso andaluz o santiaguino para asegurar la siguiente subvención, deja de ser un empresario para convertirse en un burócrata de la creatividad. En El Canil hemos observado cómo este circuito de validación interna crea una burbuja de optimismo que estalla en cuanto el flujo de dinero público se corta y el mercado real, ese que no tiene parlantes ni luces de neón, pide resultados.
Es cierto que la soledad del fundador es real y que estos espacios sirven para el roce necesario. El contacto cara a cara entre un inversor de Madrid y un programador de una provincia pequeña puede ser el chispazo que inicie algo valioso. Negar el valor del networking sería ignorar cómo funciona el capitalismo de relaciones. Sin embargo, hay una diferencia ética y económica entre un encuentro financiado por privados que arriesgan su capital y un festival de relaciones públicas sostenido por impuestos, donde la métrica de éxito es una foto con una autoridad local.
Si quitamos los logos de los ministerios y las municipalidades de la gigantografía, ¿cuántos de estos eventos sobrevivirían solo con la venta de entradas? La respuesta a esa pregunta es la medida exacta de cuánto humo estamos respirando. Al final del día, la verdadera innovación ocurre en oficinas silenciosas donde alguien soluciona un problema por el que un cliente está dispuesto a pagar, no en un escenario donde se aplaude la intención de tener una buena idea.

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